domingo, noviembre 08, 2009

El sueño de Daniel Ortega


Por Denis García Salinas/Editor METRO

El presidente Daniel Ortega cree que su mandato es insuficiente para acabar su obra gubernamental. Pero desde que dio a conocer sus pretensiones de reelegirse, la oposición política y dos diarios locales han cuestionado fuertemente a Ortega por lo que han llamado intenciones de perpetuarse en el poder. Sus adversarios lo han comparado a Somoza, el último dictador de Nicaragua, muerto de un bazukazo por guerrilleros argentinos en una calle de Paraguay, donde se asiló tras ser derrocado en 1979. Ortega primero procuró cambiar el régimen presidencialista por el parlamentario. Incluso el diputado sandinista Edwin Castro escribió un libro Parlamentarización del Sistema Político Nicaragüense. Con esta obra se pretendía persuadir a la clase política y al pueblo de las bondades de este régimen político sobre el presidencialismo. Este último sistema, argüía el autor, no garantiza la estabilidad política y más bien le otorga excesivos poderes al presidente de la República. Una sola persona concentra un poder que avasalla al resto de poderes. El presidencialismo es catalogado por sus detractores como el gran mal de América Latina y promotor del caudillismo, dictaduras y corrupciones. Inmediatamente, la oposición atacó la propuesta de cambio de régimen, arguyendo que el país no estaba listo para aprobar un sistema europeo que solo había germinado con éxito en algunas partes del Caribe. A pesar que el principal adversario de Ortega, el ex presidente Arnoldo Alemán apoyaba ese cambio de régimen, el asunto no prosperó. La propuesta de cambio de régimen presidencial por un parlamentario quedó archivada junto al libro del diputado Castro que propugnaba la parlamentarización de este sistema.

Buscando una salida

Ortega quedó con la espinita atravesada. El dirigente sandinista ha demostrado ser un hombre perseverante. Tenía que buscar la forma de mantenerse en el poder para llevar adelante lo que él considera su gestión gubernamental a favor de los pobres. Desde hace dos años infructuosos, Ortega ha venido buscando los 56 votos que se necesita en la Asamblea Nacional para reformar el artículo 147 de la Constitución que prohíbe a Ortega a reelegirse. En ese largo periodo, ha habido un tira y encoje. Los sandinistas han dicho que tenían asegurado esos votos, pero los opositores se apresuraron a desmentirlo. En fin, ambos no pueden hallar una salida en ese oscuro laberinto. La bancada sandinista introdujo al parlamento el pasado 22 de septiembre una iniciativa para reformar la Ley Orgánica del Poder Judicial. Esto le permitiría modificar el quórum que requieren las salas y la Corte Plena en la Corte Suprema de Justicia para emitir resoluciones, acuerdos, sentencias y para nombrar los magistrados de los tribunales de Apelaciones, jueces de Distritos y Locales. Es decir, con esa reforma al quórum, los sandinistas pasarían a tener todo el control de la corta, pues les bastaría la mitad más uno de los magistrados.

Imitando a Arias

Sin embargo, los diputados sandinistas no lograron conseguir los 47 votos que se necesitan para reformar la Ley del Poder Judicial. Los sandinistas cuentan con 38 legisladores en la Asamblea Nacional, cifra insuficiente para conseguir su cometido. Los periódicos han venido publicando noticias, artículos y editoriales sobre el polémico tema de las reformas constitucionales y denunciando las intenciones caudillesca de Ortega. Muchos creían que probablemente a finales del año se disiparía la duda en torno a este tema que mantenía en vilo a la dividida clase política, particularmente. Sin embargo, los sandinistas aprovecharon la oportunidad de buscar la reelección presidencial por otro camino, mirando hacia el sur, Costa Rica, cuya democracia burguesa, como le llaman ellos, les serviría de ejemplo para alcanzar su meta. En efecto, el ex presidente Oscar Arias (1986-1990), que estaba fuera del gobierno, introdujo un recurso de amparo en la Corte Suprema de Justicia por la violación de su derecho constitucional y de los propios costarricenses de elegir y ser elegidos. Desde hace 40 años se prohibía la reelección presidencial en Costa Rica. En el 2003, la citada corte levantó el candado y permitió a Arias a postularse como candidato presidencial. El pueblo lo volvió a escoger como Presidente. No hubo escándalo.

La reelección de Arias había pasado prácticamente desapercibido en el exsterior. En Nicaragua nadie comentó la noticia ni muchos menos criticaron a Arias. La prensa local calló y ni se preocupó por editorializar el hecho. Fue hasta que los magistrados sandinistas decidieron hacer lo mismo de sus colegas costarricenses que el escándalo estalló en Managua. En Nicaragua la acción de los magistrados desató una tormenta política que sacudió a toda la clase política y empresarial. Después de semanas de polémicas agrias en Nicaragua, el presidente Oscar Arias rompió el silencio. El mandatario tico afirmó que el poder judicial nicaragüenses no es independiente del ejecutivo ni de los partidos políticos. Arias, para justificar su reelección, afirmó que las resoluciones que abrieron la puerta a la reelección en su país y en Nicaragua son “como una gota de agua y una gota de aceite”. El presidente costarricense aseguró que la diferencia entre las dos resoluciones “radica en el grado de independencia del poder judicial, la cual no se da en Nicaragua.

Un fantasma recorre América Latina: La reelección presidencial

En América Latina la reelección presidencial ha desatado guerras y revoluciones. Perpetuarse en el poder tradicionalmente ha sido una aspiración de dictadores y caudillos. Las constituciones se despedazaban y reformaban al antojo del gobernante autoritario o la clase gobernante. Ante esa situación, se escribieron constituciones con artículos pétreos que no permitían la reelección porque temía que el gobernante se perpetuara en el poder indefinidamente. Sin embargo, otros defendían el derecho de los pueblos a reelegir a sus gobernantes las veces que ellos quisieran por la simple razón que ese hombre había hecho una buena gestión. Solo una revolución o un cuartelazo lo expulsaban del Palacio Presidencial. México sufrió una larga noche de dictadura de casi 30 años hasta llegar a no permitir la reelección. Para calmar esa aspiración (totalitaria para algunos), México estableció el sexenio presidencial. Después de ese mandato, el presidente se va a su casa. Algunos países, como Brasil y Argentina, admitieron un segundo mandato. Otros permiten la reelección siempre que no sea inmediata (Perú, Chile y Nicaragua). Hoy un fantasma recorre América Latina: la aspiración de reelección presidencial.

Y esa aspiración ya no solo proviene de la izquierda, sino también de la derecha. Veamos el caso de Colombia, donde el presidente Álvaro Uribe (elegido en 2002), ya hizo modificar la Constitución para poder ser reelegido en 2006. Uribe nuevamente está convencido de que el pueblo lo aclama por un tercer mandato. Esto ha desatado en Colombia una tormenta de críticas al mandatario. En ese sentido el Congreso aprobó un nuevo proyecto, que debe ser revalidado por la Corte Constitucional, para poder presentarse una tercera vez. Aquí en Nicaragua la oposición no se ha quejado. Ha guardado silencio. Sin embargo, Ortega ha puesto como ejemplo a Uribe, diciendo que el presidente colombiano lo puede hacer y eso satisface a la oposición criolla nicaragüense, pero se molesta que la izquierda aspire a un nuevo mandato.

Ortega persigue un sueño

En Nicaragua la pretensión de Ortega de reelegirse ha causado conmoción en la clase política y empresarial que ya da por presupuesto el nacimiento de una nueva dictadura. Nada más conocerse el fallo de la Corte Suprema de Justicia que allanaba el camino a Ortega a la presidencia de la República, Arnoldo Alemán gritaba: Ni Somoza hizo lo que Ortega. Afirmó que Ortega quiere perpetuarse en el poder. Basta ya al dictador Ortega. “ El presidentel Ortega no pudo conseguir los 56 votos y es por eso que recurrió hacerlo mediante leyes.” Alemán, aparentemente descompuesto, afirmó”hubo maldad, no inteligencia en este fallo, esto lo hicieron como los bandoleros detrás de la puerta”. Muchos creen que Alemán ya sabía del fallo de ese Poder del Estado y su reacción la interpretan como un político que se ha ceñido bien al guión que le entregó Ortega. Sin embargo, Alemán se apresuró n negar que haya un acuerdo con los sandinistas debajo de la mesa, como algunos creen. El presidente de la comisión de Justicia de la Asamblea Nacional, José Pallais, pidió la intervención de la OEA en este conflicto de competencia de poderes.

Eduardo Montealegre, aspirante presidencial por segunda ocasión, calificó la resolución de la Corte como “un intento de golpe de Estado, un abuso, y una ilegalidad y una ruptura constitucional”. Ortega respondió inmediatamente a los dos políticos. Cuál es el miedo. El presidente afirmó que Arnoldo Alemán lloró como “mona mal tirada” y a Eduardo lo calificó como un “sinvergüenza”. Sobre Montealegre pende como una guillotina el caso de los CENI. Ortega lo acusa de robarse 500 millones de dólares. Ambos deberían de estar preso. La tormenta de críticas se intensificó y se extendió al COSEP y AMCHAM. “Espuria actuación, señaló AMCHAM, tras agregar que desconocen la decisión “ilegal e ilegítima” de los magistrados de la CSJ. Entretanto, el departamento de Estados de Estados Unidos mostró su preocupación por haber recurrido a “maniobras legales“para conseguir la aprobación de su reelección. Por su parte, el Procurador de los Derechos Humanos, una entidad progubernamental, Omar Cabeza dijo que el fallo de la corte es legal y no hay violación a la Constitución.

Los intentos de Ortega

La aspiración de Ortega no es nueva. Daniel Ortega ha sido cinco veces candidato a la presidencia de la República de Nicaragua. De esos cinco intentos, tres perdió. Primero frente a doña Violeta Barrios de Chamorro en 1990. Después enfrentó a Arnoldo Alemán y perdió en 1998. Cinco años después Enrique Bolaños abatió a Ortega en las urnas. El principal líder del FSLN pacta con Arnoldo Alemán y logra la reducción del porcentaje para ganar varios años después las elecciones. Solo necesitó un mínimo del 35 por ciento de los votos válidos para superar a los candidatos que obtuvieren el segundo lugar por una diferencia minima de cinco puntos porcentajes. Ortega gana las elecciones del 2006 con solo el 38 por ciento de los votos válidos. Al poco tiempo, Ortega da a conocer sus ambiciones y la oposición empieza a gritar que el líder sandinista quiere convertirse en un dictador. La oposición tiene una oportunidad de unir a todas sus fuerzas para poder derrotar a Ortega en las urnas, pero las ambiciones de los dirigentes de los fragmentados partió liberales impiden esa unidad.

El embajador de Estados Unidos en Managua, Robert Callahan, terció en la disputa a favor de los opositores que han cuestionado el fallo de los seis magistrados de la Corte Suprema de Justicia de permitir la reelección. Los intelectuales del Derecho han fustigado la resolución de la CSJ porque, a su juicio, ese poder del estado no puede revocar un artículo constitucional ni puede legislar, ya que ese es una atribución de los legisladores. Callahan aseguró que la Corte se apresuró en dictar ese fallo que ha colocado al país al borde un abismo. Al día siguiente de las declaraciones del diplomático, manifestantes sandinistas llegaron hasta el descomunal edificio de la embajada de EE.UU en Managua para protestar por lo que llamaron la injerencia del imperio en los asuntos internos. Dos conocidos líderes sandinistas pronunciaron sendos discursos frente a la multitud enardecida que gritaba consignas en contra del imperio. Otros trataban de destruir un rótulo tallado en piedra de la legación gringa.

Las intenciones de Ortega empiezan a cobrar más fuerza con su amistad con el presidente de Venezuela Hugo Chávez. El mandatario Chávez ha podido modificar la Constitución por referéndum para poder ser reelegido indefinidamente. Chávez, un carismático líder popular, descansa sobre una alfombra de petróleo que le ha permitido convencer a sus colegas presidentes de izquierda a buscar su reelección. El presidente indígena de Bolivia, Evo Morales, está también a la espera de presentarse a la reelección. De igual manera Rafael Correa, pero se dice que éste tiene menos posibilidades de lograrlo. Chávez ha venido varias veces a Nicaragua y ha prometido considerable ayuda a su colega Ortega, quien comulga con el proyecto de Chávez del nuevo socialismo del siglo XXI.

Las izquierdas quieren también perpetuarse

La izquierda idealista que luchó contra dictaduras y la reelección ha sido seducida también por el canto de la reelección. Pero otros no han necesitado de modificar ese librito tan manoseado. Fidel Castro nunca necesitó estrujar la Constitución para prolongarse en el poder, bastaba pronunciar un vehemente discurso en una atestada plaza .y ser vitoreado como el único líder capaz de llevar adelante esa revolución socialista en el Caribe. Castro nunca ha sido derrotado en unas urnas. Sólo el tiempo ha sido su verdadero enemigo y sus enfermedades. Fidel no se jugó su futuro en unos comicios. El sólo decidió legar el poder a su hermano Raúl. Sin embargo, hay otros países donde se prohíbe un segundo mandato. Esas naciones son Guatemala, Honduras, México y Paraguay.. En Honduras el presidente Manuel Zelaya pretendió romper la regla sagrada de la no reelección al convocar un referéndum para que el pueblo decidiera eliminar el artículo pétreo de la no reelección. el mantenimiento de la regla ha costado una crisis institucional aún no resuelta, por la destitución del presidente Manuel Zelaya que quería convocar una Asamblea constituyente como paso previo para poder presentarse a la reelección.

Generalmente, los presidentes que quieren reelegirse creen que ellos son los mejores para completar esa obra inacabada. Todo el que llega al poder cae atrapado por esa tentación de perpetuarse por dos o tres periodo más. Para ello, los gobernantes reforman los límites fijados por la Constitución para colmar sus aspiraciones presidenciales. Otros chocan contra una pared cuando intenta modificar su Carta Magna, pues éstas contienen artículos pétreos que prohíben reformar la Ley Fundamental. Este fue el caso de Manuel Zelaya, capturado y desterrado de su país por el ejército justamente un domingo 29 de junio del 2009 cuando intentaba celebrar un referéndum revocatorio para preguntar al pueblo si estaba a favor de reformar esa dura constitución que no permite la reelección. Tras ese golpe de Estado, condenado unánimemente por la comunidad mundial, Zelaya peregrinó por varios países, exigiendo su retorno al poder. Hasta el momento, su regreso a la Presidencia está empantanado y el país patina en una crisis política, que ha causado muertos y detenidos. A la vez la nación se precipitó al abismo de la crisis económica. Zelaya está refugiado en la embajada de Brasil en Tegucigalpa.

Gadafi y Ortega

Libia es un país lejano y desconocido para los nicaragüenses. Cuando el coronel Muhamar El Gadafi se apoderó del poder por un golpe de Estado en un diario local se informó sobre esa noticia, pero sin ninguna espectacularidad. Hasta que llegó al poder Daniel Ortega se empezó a escuchar más el nombre de Libia y de su caudillo. Ortega ha viajado en varias oportunidades a ese país y él ha estrechado fuertes lazos de amistad con Gadafi. En Libia no hace falta reformar la Constitución, pues no la hay. El coronel Muhamar El Gadafi celebró el 1 de septiembre sus 40 años en el poder, lo que le convierte en el decano de los presidentes africanos. Gadafi, que alcanzó el poder a los 27 años por un golpe de Estado, es un líder revolucionario que no ostenta ningún cargo oficial, por lo que no tiene necesidad de ser reelegido.

África es un continente negro que solo lo asociamos a desierto, selvas y grandes hambrunas. Las noticias que proceden de África solo cuentan historias de golpes de estados, insurrecciones, rebeliones, y matanzas. Después de la descolonización, ese continente ya no conoció tregua ni paz. Se pensó que el fin de las colonias europeas en África llevarían paz, tranquilidad y progreso. Pero no fue así. Los guerrilleros negros asaltaron el poder, pero esto no trajo ningún bienestar a sus sociedades. Todo lo contrario, sus líderes izquierdistas se enriquecieron y convirtieron en dictadores. Otros cumplen estas formalidades, lo que no les han impedido perpetuarse en el cargo. Teodoro Obiang (Guinea Ecuatorial), que también se hizo con el poder con un golpe militar, lleva ya 30 años instalado en él. En Angola, José Eduardo dos Santos es presidente desde hace también 30 años, después de ganar las últimas elecciones con un sistema pluripartidista. En Zimbabue Robert Mugabe, de 85 años, perdió las últimas elecciones, pero se las arregló para compartir el gobierno con su oponente y perpetuar así su larga y catastrófica presidencia que ya dura 29 años. En Egipto, Hosni Mubarak prolonga sus reelecciones desde hace 28 años.

Los dictadores de África

En África, al igual que en América Latina, los presidentes tienden a perpetuarse en el poder. A muchos de ellos solo a balazos se les baja del pedestal. A ellos no les importa si la Constitución pone un término a la posibilidad de reelección. Ellos las desbaratan y reforman a su antojo. En 15 países han eliminado los límites a la reelección o los han ampliado para permitir nuevos mandatos. El presidente argelino Abdelaziz Bouteflika logró hacer aprobar una enmienda constitucional para quitar los límites a la reelección, lo que le permite seguir al mando por un tercer periodo. Lo mismo acaba de suceder en Níger, donde el presidente Mamadou Tandja, en el poder desde 1999, ha logrado en referéndum para cambiar la Constitución y así optar a un tercer mandato. En África solo hay tres monarquías (Marruecos, Lesoto y Suazilandia). Pero los dirigentes que más tiempo han estado en el poder tienden a ser sucedidos por sus hijos, como si fuera una monarquía o una empresa familiar. En esta línea, en las elecciones que se acaban de celebrar en Gabón será elegido Alí Bongo, hijo de Omar Bongo, fallecido tras gobernar el país durante 42 años. También hay signos de que Gadafi y Mubarak preparan a sus hijos para que les sucedan.

Ortega tratará de cambiar la historia

En Nicaragua, Ortega, de 64 años, siente más bien que él todavía tiene fuerzas para seguir gobernando el país. Todavía no ha pensado en la sucesión presidencial, pues sus hijos todavía están inexpertos en política. Ninguno de ellos ocupa un lugar relevante en el partido en el poder. Sin embargo, muchos creen que Ortega está permitiendo a su esposa Rosario Murillo aprender a dirigir el Estado con miras a aspirar algún día el poder a través de elecciones presidenciales. Además los seguidores de Ortega creen que él está gobernando bien, hecho que no comparte la oposición. Por tal razón ha decidido abrir ese candado que le impedía reelegirse. Con las reformas de 1995, la Constitución no permitía la reelección para el periodo inmediato. En ese sentido, Ortega no podía reelegirse. Tenía que esperar que pasara ese periodo para postularse nuevamente. Pero aquí está la gravedad de esa prohibición. Después del segundo periodo ya no se le permitía ser presidente para un tercer periodo. Y además esa constitución prohibía la sucesión dinástica. El doctor Iván Escobar Fornos, en su libro El Constitucionalismo Nicaragüense II Tomo, asegura que “la no reelección es un correctivo circunstancial para impedir el continuismo que surge cuando el poder ejecutivo prevalece sobre los otros poderes y los procesos electorales son fraudulentos. Fenómenos muy comunes en América Latina, por lo que la no reelección se ha tornado en un principio constitucional fundamental, aunque actualmente algunas Constituciones permiten una reelección continúa o tras un periodo intermedio.” Escobar Fornos, un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, e incondicional de Arnoldo Alemán, ilustra ese caso con el de Porfirio Díaz en México, donde éste se reeligió siete veces y gobernó durante 27 años consecutivos.

Este jurista liberal considera que la elección de las autoridades supremas en forma periódica garantiza en buena medida la alternancia en el poder. Los políticos han modificado la Constitución desde 1921, ya sea para perpetuarse en el poder o permitir la sucesión presidencial, cosa que ahora en el 2009 es la manzana de la discordia que mantiene en perenne confrontación al país, sometido a una profunda crisis económica y salido de una larga guerra en la década del ochenta. Ortega es un revolucionario que llegó al poder por la vías de las armas. Este hombre repudiaba las elecciones porque era un proceso en el que el pueblo tenía la ilusión de elegir a su candidato, pero en la práctica era más bien una farsa burguesa. Hoy Ortega utiliza esa farsa para mantenerse en el poder y así poder cumplir sus promesas electorales. Así como Ortega ha pedido tiempo para cumplirlas, la Historia se encargará de dilucidar si él tenía razón. Tal vez la historia no lo absuelva, pero si logra su cometido la opinión de los que les adversan cambiará. Pero, en este momento, Ortega sabe que no las tiene todo a su favor por lo cual debe demostrar que él es el hombre que los nicaragüenses están esperando desde hace largo rato. En fin, Ortega, si quiere entrar al pedestal de la Historia, tiene que cambiar su vieja historia y empezar a jugar con trasparencia y honradez el juego democrático burgués que un día repudió. Ortega no puede permitirse que en las próximas elecciones se mencione la palabra fraude.