Barack Obama cree firmemente que EE.UU lucha contra el mal en el planeta. Pero esa creencia no es nueva, pues los anteriores gobiernos sostuvieron que luchaban contra el imperio del mal, simbolizado primero por la Alemania Nazi y después por la Rusia soviética. Luego, la potencia americana declaró la guerra al “eje del mal”. Sin embargo, este gobierno de Obama quiere darle un nuevo sesgo a la guerra, que iniciaron los presidentes anteriores (Reagan y Bush principalmente). Quizás por eso, a finales del año pasado, el presidente defendió ardorosamente en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz, la “guerra Justa”. Obama abrazaba así la teoría del Bellum Justum, que legitima la guerra cuando existe una “justa causa.” Obama busca, según ese principio, reparar un entuerto del adversario terrorista que destruyó las dos torres de Nueva York, símbolo del capitalismo y que, a su juicio, amenaza la estabilidad mundial. La guerra justa no es un invento de Obama. Está en la profundidad de la Historia. La teoría del Bellum Justum fue defendida por Santo Tomás de Aquino, cuyo fin con la guerra era perseguir el bien y evitar el mal. San Agustín sostenía que la guerra es justa cuando no se comete actos inmorales. Aquino se basa en un razonamiento ético judeo-cristiano y Aquino y Francisco Vittoria sentaron las bases para la doctrina de la guerra justa dentro de la Iglesia Católica.Realismo versus idealismo
Estados Unidos se ha balanceado entre realismo y el idealismo en las relaciones internacionales. Los idealistas creen que la política exterior de un país debe de ajustarse a las normas y principios que dicta la moral y la ética. En cambio, los realistas definen la política internacional en términos de poder. El poder y la acción son la clave de la política internacional. Hangs J. Mongnthau asevera que la política internacional, al igual que todo tipo de política, es una lucha por el poder. Los realistas aseguran que no es posible aplicar los principios morales universales a los actos de los estados para resolver las controversias. El realismo surgió como reacción al fracaso de Wilson y de otros los idealistas en su intento de frenar la Segunda Guerra Mundial. A finales de la Primera Guerra Mundial, el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson defendió una teoría que señalaba que se podía terminar con la guerra mediante el uso de la razón. El sostenía que las guerras eran producto de las políticas del poder y de los ardides de la diplomacia secreta. Antes de entrar EE.UU en la guerra contra la Alemania Nazi, Woodrow argüía “debemos hacer a un lado la exaltación de los ánimos. Nuestro motivo no deberá ser la venganza, ni la afirmación victoriosa del poderío físico de la nación, sino únicamente la reivindicación del derecho, del derecho humano, del cual solo somos un adalid”. Este presidente aseguraba en ese entonces que EEUU “no servimos a fines mezquinos. No ambicionamos ni la conquista ni el predominio”. Woodrow sentenció ante el Congreso de Estados Unidos “probablemente nos aguarden incontables meses de amargas pruebas y de sacrificios. Es algo horrendo llevar a este grandioso y pacífico pueblo a la guerra, a la más terrible y cruentas de las guerras, en la que parece estar en juego la civilización misma. Sin embargo, la justicia es un bien aún más preciado que la paz y nosotros lucharemos por todo aquello que hemos guardado siempre en nuestro corazón-por la democracia: por el derecho de aquellos que hoy se someten a una autoridad, para contar con voz y voto en sus gobiernos, por los derechos y por las libertades de las pequeñas naciones…” Y concluye, “la nación, bajo el amparo de Dios, no puede proceder de otra manera”.
No hay gloria en la guerra
Estas palabras de este presidente idealista nos evoca el discurso pronunciado en Estocolmo por Obama, quien defendió la guerra justa: “habrá momentos en las que nuestras naciones-actuando por separado o en concierto- encontrará el uso de la fuerza, no solo necesario, sino moralmente justificado”. Ese discurso de Obama, recibiendo el premio, fue duramente criticado por algunos sectores porque consideraban que era una paradoja otorgar un galardón de la paz a un presidente que ordenó el despliegue de 30 mil hombres a Afganistán, el nuevo Viet Nam de Estados Unidos. Un crítico de la guerra afirma que “no hay gloria en la guerra. No importa cuán justificado esté, la guerra siempre es una tragedia humana”. A pesar que no hay gloria ni fama en la guerra, los hombres se aferran a ir a las trincheras. Ya Thomas Hobbes, aseguró que los “conceptos de bien y mal, justicia e injusticia, no tienen lugar allí. Donde no existe poder público no hay ley, donde no hay ley, tampoco hay injusticia. La fuerza y el engaño son en la guerra las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no son ninguna de las facultades del cuerpo o de la mente”. La historia de la humanidad ha sido siempre el derrotero hacia el conflicto. Hace mucho tiempo Margaret Mead se preguntó: ¿Es la guerra una necedad biológica, una fatalidad sociológica, o solo una invención desastrosa? La necesidad biológica del hombre de ir a la contienda se debe primeramente al instinto bélico del hombre para alcanzar la plena estatura humana. Otros dicen quela guerra es inevitable y va paralelo a la lucha por la tierra y los recursos naturales dentro de una sociedad de clases. Es decir, la guerra es una naturaleza de la Historia. Otros aseguran que la guerra es una invención desastrosa. Todas las formas de culturas son frustrantes y cada nueva generación será agresiva y tendrá su expresión en la guerra.
La represalia brutal del imperio
Estados Unidos está actualmente empantanada en dos guerras: Irak e Afganistán. El 16 de enero de 1991, la coalición internacional, liderada por EE.UU, bajo mandato de la ONU, atacó a Irak. A las dos guerras fue con el propósito de venganza, tras el ataque terrorista a las dos torres, el Pentágono y el fallido acto terrorista contra la Casa Blanca. En ese acto terrorista murieron más de tres mil personas inocentes. Por esa agresión, EE.UU utilizó el uso de la fuerza para eliminar a los causantes de ese desastre humano. A partir de esa acción, el imperio llamó a la represalia “la guerra justa contra el terror”. EE.UU asumía así la responsabilidad de castigar y resguardar el orden mundial en un mundo demasiado violento. Algunos autores estadounidense, que defiende esa teoría, aseguran que esos movimientos violentos y radicales se oponen a los principios fundamentales del mundo moderno, la tolerancia religiosa, los derechos humanos, y la libertad. Por consiguiente, Estados Unidos está en su derecho ético y moral de perseguir a los malos.
Las operaciones contrainsurgencias globales
De allí que Estados Unidos enmarca toda su política en esos postulados de la guerra justa. En su invasión a Panamá la englobó en la “Justa Causa”, en Somalia, en 1992 su expedición punitiva se llamó “Restauración de Esperanza”, la Guerra de El Golfo en 1991 las tropas batallaron bajo el emblema de “Operación Libertad” y Afganistán, “Justicia Infinita”. George Bush advirtió al mundo y sus principales aliados: “Estáis con nosotros o contra nosotros”. En su primer ataque a Irak, EE.UU buscaba atrapar a Osama Bin Laden, culpable de los ataques terroristas que provocaron la “Guerra contra el terror” en este mundo atribulado. En la operación militar contra Afganistán, el ejército imperial americano logró destituir el régimen talibán, que había retrocedido al país a la Edad Media, donde la mujer era la principal víctima. En solo cinco semanas, EE.UU destruyó a ese gobierno y en su lugar colocó a un régimen pro occidental y gobernado por un hombre que huyó al exilio en Europa. Esa agresión, sin embargo, se hizo sin una resolución de la ONU, cuestionada por ser incapaz de frenar esas guerras.
La teoría del Bellum Justum
En la doctrina clásica del Derecho Internacional era lícito el recurso a la fuerza en el orden internacional. Esta doctrina estaba fundamentada en la teoría del Bellum Justum. En ese sentido la guerra fue concebida desde un principio como una reacción contra una injuria, una violación al derecho. Esa teoría estaba en el olvido, pero ahora el presidente Barack Obama ha resucitado esa doctrina que considera lícita la guerra como reacción a los transgresores. Estados Unidos, sin pensarlo dos veces, atacó a Irak hasta invadirla y conseguir ahorcar a Saddam Hussein. Luego bombardeó e invadió Afganistán en persecución implacable de los talibanes, que una vez apoyó por expulsar a los soviéticos de Kabul. Considera a los talibanes los responsables de apoyar a Osama Bin Laden, quien proclamó ser el autor intelectual de los ataques terroristas que sobrecogieron al mundo que pensaba vivía una nueva época. Estados Unidos primeramente se equivocó con Irak, donde no encontró las armas nucleares ni halló ninguna evidencia de que Bagdad apoyase a los terroristas que asolaron las torres. Pero dejó dos países en ruinas: Irak y Afganistán. Sin embargo, ahora su mayor preocupación es Irán, señalada de crear armas de destrucción masivas, pero su presidente lo niega enfáticamente. El sostiene que es energía para desarrollar el país, atrasado por la guerra con Irak en la década del ochenta y los corruptos incrustados en ese régimen islámico.
“Algunos matarán. Otros morirán”: Obama
Obama ha heredado dos países conflictivos: Irak y Afganistán. Este presidente quiere ser el reverso de la moneda de Bush, pero es una tarea harto difícil cuando en el Pentágono está empotrado un poder inmenso que nadie imagina. Obama es un hombre inteligente y con buenas intenciones, pero él tiene que lidiar con esos poderes que dominan la economía y la política. Obama está consciente de lo que puede hacer y aspirar para gobernar el país más poderoso de la tierra. Cuando le entregaron el Premio Nobel en Oslo, Obama afirmó que “estamos en guerra y soy responsable del despliegue de miles de jóvenes americanos para luchar en tierras lejanas”. El mundo esperaba que Obama ya no enviara más hombres a la guerra, pero sus generales en Afganistán lo han colocado contra la pared.”Algunos matarán. Otros morirán”, subrayó Obama tras ordenar el envío de jóvenes a una guerra sin fin lejos de sus tierras, donde su seguridad nacional no está puesta en peligro. El presidente de EE.UU ha resucitado la guerra justa de Tomás de Aquino y Francisco Vittoria “Por que no nos confundamos. El mal existe en el mundo.” Y para reforzar su argumento de la guerra justa, Obama recuerda que “un movimiento violento no hubiera podido frenar el ejército de Hitler. Ninguna negociación pudo convencer a los líderes de Al Qaeda para que entreguen las armas”.
Obama y el uso de la fuerza en un mundo violento
Por tal razón, “la fuerza a veces es necesaria, no es un llamado al cinismo, sino admitir la historia y las imperfecciones del hombre y los límites de la razón”, señaló Obama, tras agregar que “esas pautas nos hacen diferentes de aquellos a quienes combatimos. Por esa razón, he prohibido la tortura. Por esta razón he ordenado el cierre de Guantánamo”. El presidente Obama afirmó que “estamos perdidos cuando no respetamos los ideales por lo que decimos que luchamos”. Un discurso que nos recuerda al presidente Woodrow Wilson cuando anunció que EE.UU se involucraba en la guerra contra la Alemania Nazi. “…Confío en que, como nación beligerante, sabremos conducir nuestros operativos sin apasionamiento y observar personalmente, con orgulloso rigor, los principios de la justicia y del juego limpio por los cuales declaramos pelear…” Estados Unidos ahora lucha contra un enemigo, prácticamente invisible, que se mueve por la noche y por los lugares más inimaginables para golpear. No es una lucha contra un enemigo visible. El terrorismo no tiene cara. Pero en esa guerra mueren también civiles, niños, niñas, ancianos, hombres y mujeres inocentes, que no pidieron que fuerzas extrañas invadieran su país. Pero EE.UU dice no solo defenderse del terrorismo islámico, sino de defender la democracia occidental, los derechos humanos y la libertad del hombre. EE.UU mueve a sus tropas a miles de kilómetros de sus tierras. El presidente Barack Obama, para defender su doctrina de la guerra justa, dice que Estados Unidos ha ayudado a construir la paz mundial y la seguridad global durante más de seis décadas. “América nunca ha luchado contra una democracia”, arguye Obama. Y concluye con esta frase: “Ninguna guerra Santa puede jamás ser una guerra justa”. En suma, Obama ha tomado el relevo de la guerra contra el terror.

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